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Quisquillón (camarón) a la sartén

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Uno de los mariscos que mas nos gusta, a pesar de su humilde tamaño, es el quisquillón o camarón. Cuando los conseguimos vivos y los podemos cocer en casa son una verdadera delicia.

Hasta hace poco no los había probado hechos en sartén, simplemente salteados, pero al descubrilos (y comerlos exquisitos un par de veces) en un buen restaurante cercano, me he atrevido a intentar copiarlos. Y desde luego en casa han sido todo un éxito. (dedicada a Sergio)

Quisquillon a la sarten
Para 2 raciones

Dificultad: normal
T. Preparación: 2 min.
T. Cocción: 5 min.

Ingredientes:

175-200 gr. de quisquillón o camarón grande
2 cucharadas de aceite de oliva virgen extra
flor de sal de Guerande

Elaboración:

Los quisquillones evidentemente deberemos comprarlos vivos, pues la alternativa es o que estén cocidos (con lo cual se comerán tal cual) o -en ciertos casos- congelados, y evidentemente el resultado no tiene nada que ver. Lo ideal para este plato es que sean bastante grandes, y que tengan huevas, que quedan sabrosísimas con el salteado.

La elaboración es bastante sencilla, aunque posiblemente  tendremos que intentarlo más de una vez hasta que nos salgan perfectos de hechura. Tanto de punto de cocción como de sal, que es difícil acertar a la primera.

Usaremos un buen aceite de oliva virgen extra, pero no demasiado potente de sabor. Lo calentamos a fuego medio/fuerte en una sartén mediana, y cuando lo veamos bien caliente echamos los quisquillones. Al estar vivos se querrán escapar, así que en los primeros momentos puede ser una buena idea poner una tapa en la sartén.

Los iremos salteando en la sartén meneándolos a menudo, o bien haciendolos saltar o bien simplemente removiendo, para que se hagan todos por igual, y siempre a un fuego un poco vivo. Salamos con una buena sal un par de veces, procurando pasarnos de lo que nuestro ojo nos diga, pues no la cogen mucho.

En unos 5 minutos deberemos ver que están todos hechos. Para ello hay que fijarse por un lado en el color general del cuerpo, que sea un naranja brillante, por otro en las huevas que tenga fuera, que no haya rastro de negro. Pero también en las que tengan algunos quisquillones en la cabeza, que se transparentan y hay que lograr que también pasen del casi negro al rojo vivo.

Los sacaremos recién hechos a la mesa, y a disfrutarlos con todo su sabor, aunque nos pringuemos un poco las manos (¡qué ricos están luego los dedos!), procurando acompañarlos con un cava o un buen vino blanco, de cualquiera de esos tan buenos que tenemos por toda la península...


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